La 33, enormísimos salseros en la noche defectuosa.


Parece que el viento que dio origen al gris de Bogotá hubiese sido soplado por un pájaro lleno de lluvia; si en lugar del pájaro hubiesen soplado los vientos y la voces de la 33, acaso Bogotá fuese un lugar explotado en los colores. Y ahora, adentro del Lunario, un teatrico adentro del Auditorio Nacional en el d.f., la ciudad defectuosa, de cariño, somos unas ochocientas o así de gentes esperando la explosión de esos colores llenos de voces y de vientos. ¿Y cuántos de los rumores que giran en el murmullo de la espera son voces de allá, de Bogotá? Entonces se hacen saltos en los instantes, y aquí, adentro del lunario, se pueden ver algunos rincones de la noche Bogotana gris y llovida y atodavelocidad. Las luces se van y se hace el negro, todos estamos a punto de soltarnos en los pies, en los cuerpos y arrojarnos al baile, entonces llegamos a los oscuro y vimos las luces, se soltaron los vientos y los cueros, el bajo y el piano, las voces, los pies, los cuerpos y las almas, el presente y los recuerdos, la ebriedad y los estallidos de alegría, la noche en el lunario con la 33 que se hace azul, roja, amarilla, blanca, tenue y abierta, y rompe cualquier silencio y cualquier soledad.

¡Ten Cuidado!, nos cantan la voces, ¡ten cuidado! que te lleva la corriente . Pero es inevitable, la corriente ahora son ellos y entonces todos y cada cual se deja llevar, y casi sin respirar se arrojan al segundo tema y al tercero; desenfrenados los cuerpos y desbordada la alegría, todo lo que se respira es una especie de felicidad muy lejana a cualquier arma caliente. La 33 también nos dice que las armas siguen ahí, que hay que estar despierto, y que ellos han llegado para quedarse y hacernos bailar hasta casi un delirio que deja los cuerpos cansados, sudorosos y en una especie de esplendor. Atodavelocidad, sin descanso, como sin respirar pero hay que respirar y entonces la música se mueve de los cuerpos a los cueros, de los cueros a los vientos, de los vientos hasta el piano y luego la respiración se hace en el bajo, pero es un instante apenas para que todo se desate de nuevo en un boogaloo y después en un mambo, estallando atodavelocidad una canción detrás de otra, sin descanso pa’l bailador que tiene que apretar la caña y bailar también sin descanso, así hasta casi de repente el lunario es de nuevo un silencio y los ves adentrarse, han pasado casi dos horas y las sientes en tu cuerpo que quiere más para alcanzar otra vez un instante. Y otra vez salen y se sueltan, con toda y con ellos nosotros que estamos en ellos y viceversa; y cada uno trae un verso, una movida, un grito o un desgarramiento, y cuando los cuerpos se han saltado y roto de nuevo, los ves de nuevo adentrarse esta vez hasta la siguiente.

Y un silencio temeroso después de semejante forma de desbordarse en la salsa, lentamente se adentra en el espacio, sólo en el espacio porque los cuerpos han quedado abiertos, sueltos y huidos, desplegados. Los pasos hacia la salida se dan sin querer, como en un acto trágico e irremediable, como todo final y todo tiene un final como lo sabe la salsa, como lo saben los ojos y lo sabe la noche, como lo saben los cuerpos amanecidos con un cansancio urdido a un estremecimiento. Una sonrisa se hace sobre mis labios, esta noche otra vez, como cada vez, la salsa nos dijo que no ha muerto, que está también adentro del pájaro lleno de lluvia o junto con él. Sonrisas bellas tú ves en medio de la sombra. Miradas sinceras encuentras en la oscuridad .

j.r.r.
méxico d.f.

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