A golpes de cadera en pleno Himalaya


Que la salsa apasiona hasta en los rincones más insospechados del mundo es algo que demuestran los alumnos de la academia Salsa Dance de Katmandú, acostumbrados a menear las caderas entre las alturas de los montes himaláyicos.
Un viernes al mes, cuatro docenas de jóvenes se reúnen en un restaurante del turístico barrio de Thamel para disfrutar juntos de la noche de salsa, al abrigo de las miradas que despertaría su baile apretujado en cualquier otro lugar de esta ciudad aún conservadora.
Los pasos los aprenden en la academia Salsa Dance, montada por el nepalí Vinayek Das Shrestha y la canadiense Katia Verreult, que fue inaugurada en el año 2004 y por la que han pasado hasta el momento 5.000 alumnos, aunque no todos tenaces.
“Estamos haciendo un buen negocio -dijo a Efe Shrestha-. Además de la salsa, ofrecemos clases de otras formas de danza, como la bachata, el chachachá, el tango o el merengue”.
Las clases de baile latino comenzaron en Nepal en el año 1997, de la mano de un alemán. Shrestha se apuntó en el año 1999 y en 2004 puso en marcha su propia academia, en la que ofrece desde talleres de una semana hasta cursos completos de dos años y medio.
Y los más interesados en la disciplina son los jóvenes.
“Me apunté a las clases porque me intrigaba la química que tiene lugar entre dos bailarines -contó a Efe la alumna Anushree Rana, de 24 años-. También ilumina la mente y es además una forma de ejercitarse más estimulante que ir al gimnasio”.
Shrestha ha dividido a sus alumnos en cuatro grupos, dos para principiantes y dos para expertos, aunque la continuidad parece el mayor problema: en el nivel más fácil hay 30 estudiantes, frente a los apenas doce que acuden a los niveles más altos.
En este tiempo, sólo 20 estudiantes han acabado el curso completo, algo que, según la instructora principal, Verreult, se debe a que la gente pierde el interés porque existen pocas oportunidades de poner el baile en práctica en Nepal.
“En Europa, uno puede ir a bailar salsa siete días a la semana, por ejemplo”, dijo a Efe la profesora, que acude a Amsterdam dos veces al año para aprender los últimos desarrollos en esta forma artística.
Sin embargo, según Verreult, el panorama de salsa en Nepal es mucho mejor que el de otros países de Asia, como Pakistán o Camboya, y ahora su aspiración es formar una red de la disciplina con los festivales de Bangkok, en Tailandia, o Bangalore, en la India.
“Nuestros alumnos son muy jóvenes -afirmó la instructora-. Pronto irán al extranjero para estudiar más, y tras el matrimonio la gente no suele ir a bailar”.
Verrault mantiene que la proximidad física no es un factor que desanime a unos aprendices, que proceden de una sociedad muy conservadora, ya que las clases comienzan con una posición de separación y el contacto es introducido luego “de forma sutil”.
Pero para la profesora de salsa, que ha pasado en Nepal diez años dando clases, hay otros factores culturales que sí tienen peso en la enseñanza de la salsa en pleno Himalaya.
“La sociedad de Nepal está atascada en su moral (…) Tenemos estudiantes que no pueden decir a sus padres que vienen a las clases, tienen que volver a casa a las 9:30 y no pueden vestir la ropa cómoda requerida para el baile latino”, aseguró.
“Para mucha gente aquí, bailar sólo es cómodo si uno se emborracha previamente”, añadió Verrault.
La proliferación de bares con bailarinas que realizan movimientos de sugerencia sexual es mal vista por la sociedad nepalí, pero los alumnos de la academia se apresuran a desligar la salsa de cualquier connotación obscena o vulgar.
“La salsa es como un idioma mundial. Cuando vas a un club y bailas salsa, enseguida puedes relacionarte con gente y hacer amigos”, explicó la alumna Rana, que estudia en la India y lleva practicando el baile cuatro años.
Y luego corre a la pista de danza, un lugar de luces tenues con dos habitaciones, en el que la música latina fluye a espuertas en esta inopinada ubicación del Himalaya.
“Mi padre ha dicho que me recogerá a las 10 en punto, en punto”, se excusó Rana al despedirse, como una temprana Cenicienta. EFE

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