Un alemán es el profesor de la única escuela de salsa en la ciudad amurallada de Cartagena


Schoeler se enamoró del ritmo hace 10 años y ha recibido preparación en varios países. Dice que fue su fórmula para dejar la timidez.

Cuando el hombre negro, de 40 años, criado escuchando porros, cumbias y vallenatos, vio a Andreas Schoeler, de 1,90 metros de estatura, blanco y de ojos azules, exclamó: “Eddaaa, no joda, ¿este man es el que me va a enseñá’ a bailá salsa? Manda huevo”.

No pudo evitar su sorpresa cuando supo que el profesor que le iba a dar clases personalizadas era un alemán.

Había llegado allí, hasta la calle Tumba Muertos, del Centro Histórico de Cartagena, donde está ubicada la academia Crazy Salsa (en dos salones de seis por tres metros), gracias a un aviso de Internet, en el que no recuerda que le hubiesen advertido que el profesor era un alemán.

El hombre negro había sido invitado al matrimonio de su hijo y lo quería sorprender.

Por eso, llegó hasta la academia, que fundó Schoeler el año pasado, cuando se enamoró de Esmeralda, una cartagenera que, como la salsa, le terminó cambiando la vida.

Esa hermosa mujer, de 22 años y de piel trigueña, bailaba sola en el bar La Habana, de Cartagena, y Schoeler, que estaría de paso por tan sólo dos días, le extendió su mano para invitarla a bailar.

Según ella, eso fue amor a primera vista, y ayudó el baile (se entendieron muy bien bailando), y el chelo, que ella también toca desde que era niña. Ese mágico momento ocurrió a finales del 2008.

Pero el amor de Schoeler por la salsa es más viejo. Ocurrió hace 10 años cuando visitó Málaga (España) para tomar clases de español.

En ese entonces, era un joven flaco, alto y tímido de 19 años, que desde los cinco tocaba el piano y el chelo.

Schoeler, natal de Heidelberg, llegó a un bar porque se fue de parranda con uno de sus profesores. No bailó en toda la noche, mientras los colombianos, cubanos y peruanos que lo acompañaban hacían piruetas al son de un ritmo que él desconocía y que ese día se enteró que se llamaba salsa.

Ese día se dio cuenta de que la imposibilidad de mover su cuerpo y de sentirse sensual y con ritmo al bailar le había creado un trauma desde niño.

Decidió aprender a bailar salsa y, en los ratos libres que le dejaba el estudio (hizo tres carreras: física, matemáticas y política), ingresó a la academia ‘Más Salsa’, en Berlín (Alemania). Pero ahí no aprendió a mover su cuerpo. Debió viajar hasta Cuba a tomar clases personalizadas y, luego, gracias a un trabajo que se consiguió como voluntario de una ONG, se fue hasta Ghana, en el suroeste de África, donde entró a un grupo étnico de danza, de negritos que bailaban sin zapatos a ritmo de tambores. “Se me ampollaron los dedos de las manos y de los pies, pero ahí recibí mis mejores lecciones”, cuenta Schoeler.

Se obsesionó de tal forma con la salsa que en todos los lugares a los que viajaba por trabajo terminaba recibiendo clases. Fue a Nueva York (E.U.), a Mumbay (India) y a Shanghai (China).

Su sueño era ir a un mundial de salsa en Cali y por eso vino en el verano del 2007 a Colombia. Sin embargo, tuvo que volver a Berlín, pero en un viaje que terminó siendo muy corto, pues a los dos meses lo dejó todo allá para instalarse en el ‘Corralito de Piedra’, donde conoció a su amor y un lugar propicio para montar su academia, que goza de prestigio en la ciudad.

Tanto así que la fiesta de matrimonio para la que iba aquel hombre incrédulo de las dotes rítmicas de Schoeler terminó siendo un éxito. Y tuvo que confesarle a su hijo que había aprendido a bailar salsa con un profesor alemán: Andreas Schoeler.

JORGE QUINTERO
CORRESPONSAL DE EL TIEMPO
CARTAGENA

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